Diez millones

Mi Pobre Abuelito 2: El traje nuevo del presidente

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En todos los sexenios los analistas políticos se preguntan ¿por qué razón parece que los mandatarios viven en un mundo alterno muy alejado de nuestra realidad? ¿qué es lo que pasa que los transforma cuando llegan a la presidencia?

Estas preguntas nacen por las declaraciones, discursos y actos que el presidente en turno hace y la contrastante y contradictoria realidad que viven los demás ciudadanos.

Cuando los políticos buscan presidir el país prometen tener recetas increíbles para solucionar los problemas más sentidos de la ciudadanía, y durante su mandato todos los presidentes divulgan épicos logros, milagrosas recuperaciones económicas, sorprendentes abatimientos de la inseguridad y desmantelamientos record y de película del crimen organizado.

Al final de cada sexenio se repite una vez más la historia, por un lado los presidentes salientes exhiben sus portentosos logros y por el otro de nuevo aparecen los candidatos que aspiran ocupar el lugar del que se va y desmintiendo los famosos logros y avances que proclama el gobierno en turno y vuelven a pregonar que ellos si tienen la verdadera y única solución.

¿Pero qué es lo que pasa entre ser candidato y presidente que de pronto toda esa realidad que tanto criticaban y señalaban se va difuminando ante los propios ojos del nuevo presidente hasta casi desaparecer?

Aparece el sastre del diablo, la burbuja o circulo del poder.

De todos es conocido el cuento de Hans Christian Andersen "El traje del emperador" en donde un emperador aficionado a la ropa nueva es engañado por dos sastres que le confeccionan un maravilloso traje que es invisible para los tontos y estúpidos y que solo pueden ver los de claro entendimiento e inteligentes.

Para entender cómo se da esta transformación entre candidato y presidente, es necesario saber cuál es la motivación más profunda del político para aspirar a tan alta responsabilidad, es cierto que tener el poder sobre las personas es una gran motivación, también puede ser que exista un verdadero espíritu de servicio, cosa que los ciudadanos ya han entendido que ese sería casi un milagro, pero cualquiera que sea la motivación es de esperar que cuando llega al poder un político tiene una visión más o menos clara de que tipo de presidente quiere ser y como quiere pasar a la historia, es mucho muy probable que todos los políticos mexicanos que han llegado a la presidencia, independientemente de su ideario, su tendencia política, sus mañas, esperan que él y su administración pasen a la historia y sean recordados como el mejor presidente que México ha tenido, ninguno esperó que se le recuerde como un truhan o tonto.

En la antigüedad la forma en la que los gobernantes pasaban a la historia dependía de variables muy subjetivas y sobre todo de quién haya escrito la historia, pero en la actualidad la capacidad de un presidente se puede medir con parámetros muy concretos que permiten calificar el desempeño de un funcionario y del grupo que lo asiste.

Ahora se puede medir con mucha precisión los efectos que una decisión puede tener sobre la economía, la salud, la sociedad, se puede medir el grado de confort que la ciudadanía percibe en el desempeño de un gobierno.

Ya no hace falta que pasen décadas, ni el famoso "juicio de la historia" para saber si un presidente fue bueno o no, los resultados, los números indican si su desempeño fue excelente, bueno, mediocre o deficiente, ahora es de un día para otro, casi de inmediato saber si una decisión de gobierno fue acertada o no, porque las diversas variables del entramado socio político y económico responden y se ajustan en consecuencia.

Durante y al término de su mandato sabemos independiente de la propaganda partidaria de sus seguidores u opositores si su desempeño deja un país en orden o no.

La aspiración de pasar a la historia como el mejor presidente nunca había sido manifestada abiertamente, hasta esta pasada campaña electoral, una afirmación que pone la vara muy alta para el mismo candidato, ahora presidente, que la externó, esto no quiere decir que los presidentes anteriores hayan sido muy buenos, sino que el juicio social va a ser implacable, los números son fríos y muy a pesar de quién los quiera desacreditar presentan en su conjunto una fotografía muy fiel de como funcionaron las políticas económicas y sociales de un gobierno.

Entonces si ya existen todos estos indicadores ¿por qué un presidente es incapaz de ver la realidad?

Es evidente para todos que una sola persona no puede llevar a cabo todas las actividades necesarias para manejar un país tan grande y complejo como México, el presidente requiere de personas que le ayuden competentemente a implementar su personalísimo plan de gobierno, solucionar problemas, resolver desacuerdos, conciliar, todo lo referente a las políticas públicas que se trazan desde el ejecutivo.

Estas personas deberían ser capaces en las áreas que les corresponde administrar, con experiencia probada y equipos solventes técnicamente a cada uno de los retos que supone su trabajo.

Y es justo ahí en donde la puerca tuerce el rabo porque muchas veces la meta añorada por el ejecutivo supone una serie de ajustes técnicos que frecuentemente, por el tamaño de la maquinaria administrativa o bien por los usos y costumbres, requieren más tiempo y presupuesto del que se había asignado originalmente, esto es suponiendo que se es competente en el cargo y que hay cero corrupción, si no sucede esto último los tiempos y costos aumentarían mucho más.

Pero suponiendo que todos los funcionarios son unas blancas palomitas, tenemos que la implementación por más buena voluntad que exista tendrá sus tropiezos e imponderables que no se pudieron prever o problemas de muy difícil solución que retrasarán el cumplimiento de los objetivos o simplemente muestran una realidad tan diferente a la esperada que no permite llegar
al sueño del presidente.

Es en este momento en que la realidad golpea a la cara de los funcionarios, los hace enfrentar un dilema, decir la verdad o maquillar las cifras que presentarán al presidente.

Muchas veces para los subordinados del presidente elegir expresar la verdad es un ejercicio que requiere mucho valor y amor al país que se supone administran, pero por lo regular los políticos prefieren tomar el papel de los sastres que engañan al emperador, que acuden a su llamado narrando historias de increíble belleza que solo halagan al presidente.

El lector me dirá que para eso está la prensa y los indicadores, que el presidente puede leer los diarios para evitar ser engañado.

Los sastres que tejen los lienzos con los que envolverán, como si fuera un capullo, al presidente le susurran lo hermosa y valiosa que es su administración, le dirán que esas voces disonantes son solo de idiotas que son incapaces de ver la magnífica vestimenta con la que lo están vistiendo y a espaldas de su jefe mandarán callar a quienes gritan que el emperador está desnudo. Crearán una burbuja en cuyo centro está el presidente y en la cual no puede entrar nadie distinto a ellos, una burbuja en donde el mundo es tan diferente.

Hoy tenemos un presidente soberbio que su deseo no es hacer bien su trabajo, su deseo es vestir esos ajuares hermosos con los que lo vestirá la historia y a mandado traer un séquito de sastres que deberán crearle esos hermosos e inigualables vestidos, un grupo de fulleros, que por temor a perder la chamba fingirán que tejen las vestimentas más hermosas que engalanarán al #AbueloObrador en su tránsito a la historia.

¿Cuántos de estos servidores públicos tendrán el valor y el amor por la patria para decirle la verdad al anciano presidente?

¿Qué pasará con quienes se atrevan a decirle que el ropaje no es tan magnífico como los demás dicen?

El #LocoTrump ya mostró que es lo que pasará, despidos fulminantes y vergonzosos y el AbueloObrador hará lo mismo.

Y se paseará desnudo por las calles y el pueblo gritará ¡está desnudo el presidente! ¡está desnudo!

@EnriqueDavilaV